Dentro de todo, aún huele a cultura por Gianni Mastrangioli


Nos echamos el madrugón. De casualidad pude cepillarme, sacar el hielo de la nevera y meter los protectores en el bolso. Cinco de la mañana. Destino: Morrocoy. En la radio, noticias de lo que había sucedido ayer: Seis muertos; falta de electricidad en El Hatillo; los vecinos de no sé dónde protestaron por el agua; Maduro confirmó que estamos avanzando a la victoria socialista, que el pueblo sigue siendo de Chávez, de Zamora, de Bolívar, de Guaicaipuro, de… “quita esa mierda y mete algo para cantar. Saca el álbum de la guantera”.

Mi mamá estaba concentrada en el volante, quedándose bizca; un ojo pa’ arriba pa’ los letreros y el otro pa’ abajo pa’ el pavimento. “¡Benditos cráteres!, si caemos en uno, adiós paseo”. Íbamos en plena autopista Regional del Centro, con el amanecer pintándonos la cara de amarillo.

En el reflejo retrovisor, pequeñitos, esos cerros rojos con casas y vacas a la deriva. Entre los CD’s quemados que encontré, había uno que decía “Llaneritas” en marcador negro. Hablábamos de Reinaldo Armas, Luís Silva, Escarlet Linares y Simón Díaz. Puse play. A continuación, el tiqui-tiqui. Sonidos de pájaros, cuatros que charrasqueaban y la garganta de un señor rasgándose a gritos. Rucio Moro. Zapatea, mijo, tiqui-tiqui, zapatea. Refinería El Palito, 50 kilómetros.

Sí, es duro de admitir, pero la vida en el extranjero nos hace muy hipócritas. Comercializamos el santuario de las gorras, del tricolor, del collar y del rosario de pulsera, cuando la tradición es modesta y yace en los recuerdos, en el sereno de mañana, en el monte mal cortado y en la humarada de la carretera que arde al salir el sol. Hablo de esos minúsculos detalles que también son Venezuela. Hablo del rostro crudo que, túneles adentro, transforma las desgracias en golpes de cuero y coplas; en los pies descalzos de quienes caminan por el hombrillo. Hablo del que vende panelas, de la que carga conservas y del que pide cola. Del que lleva la cultura a cuestas. La Vela de Coro, 20 kilómetros. Camarita, camarita, camará, presénteme esa muchacha. “Baja los vidrios para que sientas la brisa de los Médanos, hijo”. Para Punto Fijo, coja para allá; para la Manaure, siga derecho.

Me refiero, pues, a esa nación de arcilla que, con la radio apagada, reluce hermosa. Desnuda. Mirar el monte por la ventana y darse cuenta que hay una excesiva persecución de nuestra parte por encontrar la esencia de las cosas; de despejar incógnitas y marcar rumbo seguro a los acontecimientos venideros. Los venezolanos, conscientes o no, estamos actualmente en la búsqueda constante de nuestros orígenes históricos.

Hay una necesidad de identificar los elementos que componen las costumbres y creencias nacionales, en aras de reconstruir la naturaleza de aquello que nos vivifica. Que nos hace ser “de este país y de ningún otro lado”. Pero no es fácil. Ante tales contextos de crisis indiscutida, el tránsito por la carretera se hace cada vez más forzoso, por lo que esa emancipación política que tanto deseamos requerirá de la contribución individual, desde todos los ámbitos nacionales y a través del restablecimiento de la verdad en los sucesos que conforman nuestra “actualidad”.

Reconstruyamos la historia, tal como dice uno de los fragmentos del corrido de Parpacén:

“Y mi cabeza se ponga en un eminente palo, donde sirva de escarmiento y de freno a los malvados”. 

      

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