Abuelos: padres de la diáspora, por Gianni Mastrangioli


Foto/ Archivo

7:00 A.M. Por los pliegues de la cortina de flores de uno de los bloques escarapelados de la Calle Zea, se colaba la claridad de una jornada repleta de carretillas, pescuezos de pollo y pescaderías recién abiertas. Se escuchaban los gritos de los buhoneros; el tubo de escape que eructaba humo. “Levántate, mijo, se te hará tarde para el trabajo”. Me di la vuelta hacia la pared, noqueao’. Aunque vivir frente al Mercado Mayor de Coche pone a prueba la somnolencia de cualquiera, yo estaba era manejando por la carretera que cae justico en el estacionamiento de la playa Marina Grande, con los vidrios al ras y la brisa acariciándome la barba. El sol reflejándose en el espejo retrovisor del carro y Rocío Durcal cantando por la radio y la espalda sudándome a chorros y mijo querido, despiértate, cónchale. 8:00 A.M. “Despiértate”. Sobre la mesita de noche, había una taza con café con leche, esperándome. “Siéntate a desayunar; te voy a planchar la camisa”. Las cholas puestas al pie de la litera, adrede; las arepas dulces friéndose en el caldero.

  • Ajá, ya oí, ya me paro de la cama.

  • Cuidado que el piso está mojado.

Queso rallado, mantequilla y jugo de guayaba. Sentía el olor a Mistolín que ella estaba restregándole a las cerámicas del baño, al son de esas clásicas músicas de antaño que convierten a la juventud un recurso renovable. El seibó de caoba. Las cornetas Philips de madera. Corría la canción no. 8 del CD “españolísimo”: “La gata bajo la lluvia”, la misma pieza que iba escuchando en el carro de mi desvarío playero. “Amor tranquilo no te voy a molestar / Mi suerte estaba echada, ya lo sé / Y sé que hay un torrente / Dando vueltas por tu mente…”. Letras de desinfectante, de pañoletas en el pelo y osteoporosis, reproducidas para deleite de nosotros, dos sujetos embelesados por la austeridad de cuatro paredes viejas. Pero sonó el despertador, apagué el teléfono y abrí los ojos de verdad. Miré a mi alrededor. No había tazas de café con leche ni tubos de escape, solo la pesadez de los recuerdos de casa de la abuela que se proyecta en mis noches como sueños interpolados. Lunes; finales del mes de abril. Se me hacía tarde para el trabajo; tarde, tarde, tarde.

Con los dientes todavía sucios, salí mandado a coger el autobús de las catorce. Llevaba las mangas del uniforme arrugadas, la barba larga y las medias disparejas, típico desde que me mudé a Londres. A pocos metros de la parada, hay un quiosco de comida rápida árabe que siempre me vende lo que podría llamarse la papa inicial del día: Sándwich de falafel y Coca-Cola. Ese lunes que quiero contarles, llovía a cielo roto, como es normal en esta isla de precipitaciones bipolares. Contrario a la percepción hollywoodense que tenemos los suramericanos sobre la primavera, del Bambi que salta por las praderas llenas de flores, esta es una época del año donde, si te apendejeas, te resbalas como aquella pobre señora que me encontré tirada de largo a largo en la acera, y quien es el punto de inflexión de esta crónica. Recuerdo que la sangre le chorreaba entre las canas, cual reportaje sacado del programa Ocurrió Así. Joder. “Mi jefe dirá que todo esto es tremendo mojón”, pensé.

Según las instrucciones básicas de primeros auxilios, si una persona se cae, hay que dejarla en el piso y no tocarla, o eso fue lo que me dijeron en el curso de inducción del trabajo. Aquí en Inglaterra, yo soy Supervisor al Cliente de uno de los aeropuertos con mayor actividad y conexiones del Reino Unido: Heathrow, de 1.227 hectáreas. Hablamos de doscientos veinte mil pasajeros por día, lo que se traduce en centenares de falsos paquetes bomba, familias corriendo por las escaleras automáticas, gente metiendo las manos para parar el ascensor, peleas, pasaportes estresados y otros escenarios azarosos. De modo que, sin atreverme a tocarle el coco a la desmallada octogenaria, telefoneé a emergencias con ese susto en el estómago que supongo sentirá la gente que es declarada culpable ante un tribunal de acusación. “Sí, sí, la vi tirada y decidí pararme. No, no se mueve, ¿cuánto se toma la ambulancia? Ok, estamos en la parada de autobuses letra H. Ok, ok, thank you”. Vale, vale, tranquilízate, Gianni. La doña parecía que estuviese durmiendo sobre sus bolsas plásticas de shopping, ajena a los desmanes de su salud quebrantada.

Detallé sus rasgos faciales, sus gráciles piernas; su boca de sonrisa inconsciente. La rutina que hoy vivimos no se transporta en andaderas, al paso de la vejez que se estaciona cansada en el tránsito de sus necesidades.

  • Te dije que cuidado que el piso está mojado.

Con la bata mojada de cloro, jadeante, mi abuela salió del baño y se sentó en la silla de al lado mío, mientras yo me atragantaba tres arepas dulces rellenas con queso blanco. Desde el comedor, le subió el volumen al equipo de sonido. Rocío Durcal charrasqueaba la garganta: “…Amor, lo nuestro solo fue casualidad / La misma hora, el mismo boulevard / No temas, no hay cuidado / No te culpo del pasado…”. 8:30 A.M. Al fondo, la voz de buhoneros rematando verduras. Si no me equivoco, llevaba ya varios días buscando la ocasión precisa para hablarle sobre “el asuntico desagradable”, aquel que rompe estabilidades y entristece apellidos.

  • Abue’, debo decirte algo.

  • Yo ya apagué el caldero, hijo. Cómete las que haya.

  • Ayer compré boleto. Me voy del país en dos meses.

  • Ah, eso.

Cortocircuitos de lágrimas. La música disminuyó por consecuencia de los oídos tapados en sollozos, por la impresión de tener que separarse en vicisitud de los acontecimientos actuales. Quería meter la cara en el plato y desaparecer; olvidar que la ausencia de los próximos años entumecerá las posibilidades de desayunar juntos en lúcida celebración de dos generaciones que comparten experiencias. Ella sacudía la cabeza, negándose a sí misma la crueldad de un país que jamás estuvo en sus planes. ¿Tanto romperse el lomo para quedarse sola?, ¿tanta crianza para ver al nieto de una irse de su casa?, ¿tanto desvelo y sin saber ahora cómo se cuidará?, ¿cómo se despertará?, ¿cómo se planchará las camisas?, ¿cómo me sentirá cuando ya no lo recuerde?, ¿cómo se recuperará la canción perdida, la pieza cantada a dueto?, ¿cómo voy a alzarme del mueble cuando ya nadie esté?

En Venezuela, la tercera edad está huérfana de atención. Un estudio presentado por Convite en diciembre de 2017 indicó que los adultos mayores están perdiendo 1,3 kilos al mes. Víctimas del hampa, del desabastecimiento alimentario y la escasez de medicinas, los abuelos son los verdaderos padres de la diáspora, de los sueños incumplidos de esa nación exitosa que una vez conocieron.

La ambulancia vaciló el semáforo de la esquina y se frenó al lado de la parada de autobuses. El sujeto de chaqueta amarilla tomó mis datos personales, desarmó la camilla de la maleta trasera y, como si estuviera volteando las arepas de un budare, subió a la anciana a la unidad. Yos vi alejarse, perplejo. Quizás, de haber salido puntual al trabajo, la señora ahora estaría tomándose un café con leche con San Pedro. Total es que mi jefe no se presentó en el aeropuerto porque el aguacero había inundado la cocina de su apartamento. Al final de la jornada, me fui a la cama directo, todavía con los sucesos de aquella mañana en la mente.

La noche de ese lunes de primavera, dormí profundamente. Volví a encender la radio y volví a manejar hasta la playa Marina Grande. El sol se reflejaba por el espejo retrovisor del carro, la espalda me sudaba a chorros. Mi abuela estaba de copiloto, y Rocío Durcal charrasqueaba la garganta como solía hacerlo en nuestros antiguos desayunos:

Ya lo ves, la vida es así / Tú te vas y yo me quedo aquí / Lloverá y ya no seré tuya / Seré la gata bajo la lluvia / Y maullaré por ti…

Gianni Mastrangioli
Historiador - UCV

Instagram: @mastrangioligianni
Facebook: @LaEsnogotaOnline
Twitter: @MastranGianni

 

 

 

 



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