Un Vargas, miles de Carujos


 

Nicolás Maduro no solo carece del carisma, el dinero y sobre todo, de la novedad que en su momento representó Hugo Chávez. También carece de imaginación, y entonces cree que puede hacer cosas como las que hacía Chávez (puesto a cambiar nombres, cambió hasta el del país), y que la gente las va a tomar con simpatía, como si la revolución bolivariana fuera aún una esperanza y no lo que es: el mayor fraude histórico de América Latina.

En esta onda de simulación gatopardiana – lo cambia todo para que quede igual de destruido -, Maduro decidió, a través del fraudulentamente electo Consejo Legislativo de Vargas, que ahora este estado se llamará «La Guaira», para lo cual ni siquiera hay una reivindicación.

Aunque Jorge García Carneiro, en realidad, sí se había inventado una: la de que La Guaira es la toponimia de los indios caribes, mientras Vargas, en tanto, es un nombre de nuestra hispanidad, que ellos odian aunque solo hablen español. Para más inri, a nuestro buen José María se le ocurrió ser un prócer civil.

Es imposible, cuando se observa la actual afrenta a Vargas, no recordar el incidente con Carujo, en 1835, entre el mundo de los valientes y el mundo de los hombres justos. Un año después de aquella intentona, Vargas abandonó una presidencia que no quería, lo cual lo diferencia grandemente de Maduro, que hace todo lo contrario: no abandona el poder a pesar de que todo el país quiere que lo haga.

Ha dicho Maduro, no una, sino muchas veces, que él no es militar, pero hubiera querido serlo, y eso es otra gran diferencia con un Vargas, quien no solo era un defensor de la civilidad y la libertad, sino que es uno de los pocos civiles no marionetas de una cachucha en dos siglos de gorilas encaramados en el poder, con los lamentables resultados que estamos viendo.

Maduro, por cierto, no puede más que asimilarse a lo militar cada vez que tiene la ocasión, de la misma forma en que no puede más que aparentar que es presidente todos los días en una transmisión televisiva, para corroborarnos que sí, en efecto, su obesa presencia sigue obstaculizando cualquier solución pacífica en este país.

Debo decir que desde 1998, por vainas mías, cada vez que me imaginaba la escena entre Vargas y Carujo, le ponía a este último la cara de Pedro Carreño: porque todo él es Carujo en pasta, y porque Carujo también se llamaba Pedro. Pero ahora mi cerebro me coloca la cara del gobernador del Litoral en el rol del militarote usurpador, quizás por asociación con el Cartujo.

Vargas (el estado más que el prócer) ha sido víctima de una estafa continuada y agravada. Devastado en la tragedia de 1999 (por casualidad o por premonición, el mismo día que se aprobaba la Constitución que ha permitido este desmadre), reconstruido a la machimberra, y luego de prometer villas y castillas, hoy es un barrio pobre de ciento y pico de kilómetros de costa, al que nunca más llegó el agua potable, el progreso o la simple ensoñación de una vida digna.

Un ejemplo perfecto de las potencialidades perdidas de Venezuela con sus hoteles destruidos y rodeados por la Misión Vivienda, para que nunca más puedan ser atractivos turísticos. «Puro socialismo», hubiera dicho el difunto.

Tampoco puede quedar fuera de la ecuación al hacer el análisis de la decisión del CLEV que La Guaira es la tierra natal de Juan Guaidó, ese nuevo Vargas en la eterna lucha entre Santos Luzardo y Doña Bárbara, entre la civilidad y el militarismo atrabiliario que se apodera de todo e impide respirar, intoxica las aguas, llena la vida de su mediocridad espesa y verde oliva.

Esperemos que el destino de este nuevo Vargas marque el camino de nuestra definitiva civilización y pronto Venezuela recupere el camino del siglo XXI, entre tanto Carujo empeñado en llevarnos de vuelta al siglo XIX de las guerras civiles y la malaria endémica. Aunque hemos retrocedido tanto que ya parece que hubiéramos llegado a él.

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