La paz de Maduro


César Pérez Vivas
Dirigente democristiano

 

Nicolás Maduro y todo su aparato de propaganda nos hablan frecuentemente de paz. Simultáneamente nos amenazan con la guerra.

“La Asamblea Constituyente ha logrado restablecer la paz”. “Nosotros representamos la garantía de la paz”. “Luchamos por mantener la paz”. “El imperio quiere guerra.” “Somos un pueblo de paz…”, escribió el fin de semana en su cuenta de Twitter para anunciar, falsamente, la apertura de la frontera.  Estas son algunas de las consignas o frases que reiteradamente se pronuncian desde los estrados del poder.

¿A qué paz se refiere Maduro y su entorno?  ¿Es creíble esta campaña?

Los hechos demuestran fehacientemente que esta, como otras campañas, constituyen un ocultamiento de su verdadero rostro. Una de las clásicas formas de esconder la verdad, magistralmente diseñadas por Goebbels para el régimen nazi. En efecto, el fascismo es experto en ocultar su verdadera identidad y asignar al adversario la conducta que le caracteriza.

La paz que busca Maduro es la paz de los cementerios. Es la sumisión absoluta a sus torcidas formas de actuar y gobernar. Ni Maduro ni su movimiento chavista han sido, ni son, ni serán expresión y testimonio de paz en su verdadero contenido etimológico y social.

Ellos son, por su naturaleza, por su cosmovisión, desde su origen,  personas y organizaciones impregnadas por el germen de la violencia. La escuela del pensamiento marxista-leninista es, en esencia, formulada desde la perspectiva de la violencia. El odio es el motor que produce la dinámica de la lucha de clases, que los lleva a la lógica de la violencia.

El socialismo y el fascismo como ideologías, modelos del autoritarismo, solo pueden existir con base en la violencia.

Por eso Hugo Chávez surge a la vida pública por un hecho de fuerza. Es la violencia la que lo marca desde su comienzo. Y ese germen de la violencia lo acompañó toda su vida.

Su movimiento político se articula porque, en el fondo, hay una identidad de valores entre quienes van convergiendo para su constitución. A la mayoría les atrae el discurso violento, vengador, agresivo que distinguió al teniente coronel, que condujo a esta sociedad hacia la tragedia que hoy padecemos.

La paz del socialismo bolivariano ha quedado elocuentemente evidenciada en los hechos. Ellos hablan por sí solos.

El armamentismo es una muestra de ello. Más de 70.000 millones de dólares en chatarra militar rusa. Una fortuna inconmensurable en un país lleno de carencias, muestra la prioridad de una cúpula deshumanizada.

La organización de grupos armados paramilitares bajo el nombre de “círculos bolivarianos”, primero, y como “colectivos” después, para amedrentar, hostigar, lesionar y asesinar a los adversarios.

La alianza con conocidas organizaciones violentas, símbolos del terrorismo internacional, como las FARC, el ELN, Hezbolá, entre otras, constituyen otro elemento probatorio de su apego a la violencia.

Pero lo que más evidencia la ausencia de la paz verdadera en el seno de nuestro pueblo, es la instauración de un modelo de injusticia, de discriminación y de privilegios abusivos. 

Paulo VI nos enseñó una máxima orientadora: “La justicia es el nuevo nombre de la paz”. En su encíclica Populorum Progresion agregó: “La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, prosiguiendo aquel orden querido por Dios, que lleva consigo una justicia más perfecta entre los hombres” Ha sido una constante, desde entonces, en todos los documentos de la doctrina social de la Iglesia, promover la justicia como base para asegurar la paz.

Un sistema político que prescinde de la justicia está destruyendo la paz… El chavismo-madurismo ha hecho de la justicia una entelequia, sometida a los oscuros intereses del poder y del dinero sucio.

No hay forma de que un tribunal administre justicia. Toda decisión en los tribunales obedece a las órdenes de la cúpula, y deben estar orientadas a favorecer su permanencia en el poder y su invulnerable posición de preeminencia. Se asesinan y tortura a presos políticos. Se encarcelan a adversarios por motivos fútiles. Se imponen sanciones absurdas, desproporcionadas, abiertamente ilegales para satisfacer los egos del poder. La reciente sentencia de la Sala Civil del TSJ imponiendo una exorbitante sanción pecuniaria al portar web La Patilla es apenas una muestra de esa “justicia vengadora”, que solo muestra la ausencia de la justicia.

Todo lo que signifique cuestionar al poder, afectar los egos y soberbias de poder, lo que represente peligro para el poder, todo, absolutamente todo, debe ser decidido contra las personas que se atreven a disentir, a desafiar o a cuestionar las ideas, las formas o las posturas de cualquiera de los miembros de la cúpula roja.

A esa injusticia hay que sumar la producida por el hambre, la enfermedad, la discriminación  cotidiana. Mientras la cúpula política y militar se ha enriquecido groseramente; mientras en todo el mundo desarrollado surgen pruebas incontrovertibles de las escandalosas fortunas hurtadas por ellos, o por sus familiares y testaferros, aquí en nuestra sufrida tierra venezolana los ciudadanos son sometidos a vejaciones para poder acceder a un mendrugo de pan, a través de una caja llamada CLAP, y la mayoría muere de mengua en colas para ser atendido en un hospital, en un puesto de venta de gas doméstico o de gasolina.

Esa injusticia solo nos muestra el rostro violento de la revolución bolivariana.

Por eso la paz de Maduro es falsa. Es todo lo contrario. Maduro y su camarilla representan la guerra, la violencia, la injusticia, la miseria. En otras palabras, representan la muerte.

Ese comportamiento, lamentablemente, nos está conduciendo a una violencia que para nada deseamos, pero que cada día pareciera inevitable. Hemos luchado para evitar que ella se presente, hemos trabajado en el campo de la política democrática, hemos soportado el fraude abierto, burlesco, descarado, pero la cúpula roja solo busca perpetuarse en el poder sin permitir mecanismos trasparentes de participación ciudadana.

Un pueblo no puede soportar impune e indefinidamente una injusticia tan descarnada como la que padecemos. Quiera Dios se puedan evitar daños mayores a los ya padecidos. Ha de llegar la libertad y la democracia. Solo allí es posible la vida, la justicia y la paz verdadera.



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